1997

(A continuación, reproduzco el texto del discurso de despedida de los estudiantes de 4º Medio del Liceo A-21 de Talcahuano. Es el discurso que saqué de mi bolsillo en el acto de aquel diciembre de 1997. Es la versión sin censura que llegó a oídos de padres y apoderados, profesores y directivos, y todo el alumnado, en el Gimnasio La Tortuga. Ahora que el Liceo está destruido por el maremoto, valga un recuerdo de esa época.)

Es muy grato para mí en esta oportunidad dirigirme a ustedes, en nombre de los jóvenes que egresan de este establecimiento, para testimoniar de algún modo, todas las impresiones que como alumnos hemos experimentado en estos cuatro años de permanencia en el Liceo, y que ocuparán, no lo dudo, un lugar de privilegio en nuestras memorias.

Antes que todo, me gustaría citar una frase que un profesor hizo que se nos arraigara, a mí y a mis compañeros, muy profundamente: “Ser joven y no querer cambiar al mundo es una contradicción vital.” Y la cito en esta oportunidad porque creo que nosotros hoy día cumplimos, si no el primer paso hacia un protagonismo en el futuro de nuestra sociedad, otro avance hacia una preparación concreta para ello. Esto, por cierto, fuera de cualquier exitismo al que se nos quiera empujar, es decir, fuera de cualquier intento de presionarnos por ser mejores intelectualmente, preparados profesionalmente para una vida laboral, en lugar de ser mejores personas.

Esta formación como personas la hemos conseguido viviendo las etapas de nuestra existencia en un perfecto equilibrio, en especial nuestra edad actual. Es preciso recordar que la edad más trascendente para nosotros, la juventud plena, la hemos vivido aquí, en este lugar. Hablar, en el futuro, de nuestra adolescencia, implicará que recordemos, no sin cierto agrado, las ocasiones en que nos llenamos de alegría por una buena calificación, o las veces en que un amigo o una amiga nos apoyaron con una buena palabra de aliento en los momentos difíciles, aquellos que son propios de la edad que vivimos.  En fin, nuestra adolescencia irá ligada para siempre con nuestros recuerdos de Liceo.

No obstante, siempre que se comienza a hablar del pasado, las personas tienden a rememorar sólo los mejores momentos vividos. En mí opinión, quienes nos encontramos aquí, a pesar de la alta subestimación de que somos objeto, tanto de parte de la sociedad como de nuestra propia comunidad Liceana de profesores y directivos, somos jóvenes, con una amplia vocación de vivir en razón de la experiencia. Por ello, se nos torna una labor urgente evaluar nuestro gran caudal de recuerdos.

No recordamos, por ejemplo, una abundancia de momentos en que se hayan abierto los canales de expresión necesarios para que nuestras inquietudes, propias de la edad, se vieran realizadas, no para gloria de un establecimiento, sino para el desarrollo integral del espíritu.

Los alumnos requieren una atención constante, de tipo personal, para saber que son considerados como jóvenes en vías de formación, con sentimientos y con una individualidad propia. Sin embargo, son muchos quienes les consideran verdaderos autómatas, destinados a responder de una forma determinada en este sistema educacional, imperfecto por lo demás. Nuestra intención es llamar a los alumnos de los cursos que vienen a abrir los ojos, porque sólo de ellos es la responsabilidad de que las cosas cambien, si verdaderamente lo desean, y así no dejarse llevar por esta inconsciencia tan difundida entre la juventud actual.

Consideramos que a veces ha primado la opinión de unos pocos por sobre los intereses de la mayoría. Por ello, les recordamos a quienes han tenido responsabilidad en ello, que la institución liceana no puede equivaler a las decisiones de una sola persona, sino a todo un conjunto organizado, cuyo fundamento está en el respeto, la tolerancia, la libertad, y el deseo de lograr el bien común.

Pero también nos gustaría, en esta oportunidad, dar gracias. En especial a algunos profesores, aquellos que siempre nos apoyaron y que dieron lo mejor de sí; para que nosotros, como verdaderos hijos, creciéramos ante sus propios ojos y hoy levantáramos el vuelo hacia un nuevo horizonte. A ese pequeño grupo de docentes, a esos pocos que conservan aún el amor por la obra educativa que realizan, les damos sinceramente las gracias y nuestro reconocimiento.

Es evidente que guardaremos un cariño especial por el establecimiento que hoy despedimos. Es como un apego que nos surge con el edificio en sí, que nos hace recordar todo lugar imaginable del Liceo. Algo de nosotros hoy se desprende y se queda en el aire de las salas, en la extensión de los pasillos, en la alegría de los recreos, en el color de las murallas. Por este lazo que establecemos nosotros es que hoy nos permitimos hablar de lo que nadie nunca había hablado. Y es que tanto queremos a nuestro Liceo que deseamos verlo mejorando, para recordarlo como un lugar en donde es posible construir la armonía, tanto en el proceso de la interrelación como en el proceso de enseñanza aprendizaje.

Compañeros: situados en un tránsito histórico de nuestras vidas, cual es dar otro avance hacia la trascendencia, despidamos, no con un adiós definitivo, sino con un “hasta siempre”, a este Liceo que tanto ha significado para muchos, y tanto significará además para los que vendrán. Valoremos siempre esta etapa como un desafío más que supimos superar, con tesón y sudor. Recordemos siempre a nuestros amigos, a los que se van con nosotros, y también a quienes ya no están aquí, pero que sabemos estarán con nosotros en la eternidad.

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